06 | 03 | 2025 Interés General
Suardi: Importante participación de fieles en la misa del Miércoles de Cenizas
La celebración comenzó frente al Templo San Cayetano, donde los chicos de catequesis quemaron los ramos del 2024. Posteriormente, se ofició la Santa Misa en la cual se realizó la imposición de cenizas en forma de cruz, en la frente de todos los fieles presentes
En su homilía, el Padre Mauro resaltó la frase del Papa Francisco: Somos polvo, del polvo hemos sido creados y al polvo volveremos.
Las palabras de Francisco se entrelazan con la fragilidad y la esperanza: palabras clave que acompañan el camino de la Cuaresma hacia la Pascua. En efecto, las cenizas nos recuerdan lo que somos, pero son también la esperanza de lo que seremos.
El gesto de inclinar la cabeza para recibir las cenizas es una invitación a mirar dentro de nosotros mismos. «Las cenizas, en efecto, - recuerda el Papa nos ayudan a hacer memoria de la fragilidad y de la pequeñez de nuestra vida. Somos polvo, del polvo hemos sido creados y al polvo volveremos. Y son tantos los momentos en los que, mirando nuestra vida personal o la realidad que nos rodea, nos damos cuenta de que la existencia del hombre “es tan sólo un soplo”».
Nos lo enseña sobre todo la experiencia de la fragilidad, que experimentamos en nuestros cansancios, en las debilidades que debemos afrontar, en los miedos que nos habitan, en los fracasos que nos queman por dentro, en la caducidad de nuestros sueños, en el constatar qué efímeras son las cosas que poseemos.
La invitación de Francisco es volver a poner a Jesús en el centro de nuestra vida «para que el recuerdo de lo que somos —frágiles y mortales como cenizas esparcidas por el viento— sea iluminado finalmente por la esperanza del Resucitado». En efecto, orientar la vida hacia Cristo hace del hombre «un signo de esperanza para el mundo». La limosna, indica el Papa, nos invita a «salir de nosotros mismos para compartir las necesidades de los demás».
De la oración aprendemos a «descubrirnos necesitados de Dios o, como decía Jacques Maritain, “mendigos del cielo”»; del ayuno aprendemos «que tenemos hambre de amor y de verdad, y sólo el amor de Dios y entre nosotros podemos saciarnos de verdad y darnos la esperanza de un futuro mejor».